Este cinturón no tiene ya agujeros.
El 21 de diciembre Raúl Castro, Presidente de Cuba se dirigió a la Asamblea Nacional Cubana para reclamar de la isla entera el compromiso de apretarse todavía más el cinturón.
Esta frase, que el arte de la concreción le atribuye, porque un orgulloso presidente cubano de la dinastía Castro jamás la pronunciaría, no es sino la evidencia de lo que, lejos de parecer un mensaje de austeridad en tiempos de crisis, es el reconocimiento implícito de un sistema político y económico enfermo, extemporáneo y descarnadamente inútil.
Cuba agoniza entre la asfixia del bloqueo norteamericano y la cabezonería de sus dirigentes políticos adocenados, inmersos en la caduca ideología comunista que les ha llevado hasta el callejón sin salida en el que están y del que, victimas de su propia ineptitud, no saben ni sabrán nunca sacar al país.
Antes al contrario, lejos de buscar soluciones reales, se enmierdan politizándolo todo y a todos, buscando al enemigo entre los yankees y entre los suyos, incapaces de distinguir la desesperación del pueblo con poco pasado y menos futuro de la animadversión hacia el ideario comunista que les mantiene y les da de comer (a sus dirigentes muy bien, desde luego).
Es a su pueblo a quién asfixia la oligarquía comunista cubana con las persecuciones ideológicas, el terror diario al chivatazo del vecino a sueldo del partido, a la limpieza ideológica, al encarcelamiento ilegal y arbitrario y esa orden permanente al silencio obediente de sus habitantes que le han llevado a ocupar el puesto 170 (de 175) en la lista de enemigos de Internet que Reporteros sin Fronteras realiza anualmente. Sólo se ven superados por otros paradigmas de la libertad como Birmania, Irán, Turkmenistán, Corea del Norte y Eritrea, casi nada. Poco hay que imaginar lo fácil que es extrapolar este criterio al de la prensa escrita y la libertad de expresión en general. Todo igual.
Las crisis no suelen entender de ideologías, y esta no está siendo una excepción. Tremenda para el primer mundo está alcanzando tintes dramáticos para países como Cuba, cuyas cifras son escalofriantes.
El producto interior bruto ha descendido 4,6 puntos porcentuales sobre el 6% estimado por el Gobierno Cubano a principios de año, es decir, se ha quedado en un 1,4% y para este año que entra, las previsiones se han rebajado drásticamente, hasta una previsión de crecimiento del 1,9%. Veremos si se cumple. Con una importación de alimentos que ronda el 80%, una caída de las inversiones del 16% , de las exportaciones el 22% y de las importaciones el 37,4%, con ese chaparrón de agua helada sobre las costillas de los cubanitos, el camarada Raúl se pregunta ¿por qué no aumenta la productividad de los cubanos?. Si no estuviese en juego la supervivencia de casi doce millones de persona sería como para tirase una tarde entera riendo. Maldita la gracia.
Y frente a esta hecatombe, fieles a su ideología, pocos cambios. Ideológicos, desde luego, ninguno. El fondo ni tocarlo. La forma…, bueno, siempre podemos recurrir al parche de modificar la forma sin modificar el fondo, por ejemplo, volver a aquellos planes quinquenales que tan pobres resultados arrojaron en todos aquellos paraísos socialistas en los que papá Estado tuvo a bien imponerlos.
Otra brillante idea es la de la entrega de 920.000 hectáreas de tierras ociosas en usufructo (of course) a 100.000 campesinos que no tienen forma clara y rentable de sacar un rendimiento a aquel bendito terruño, prueba de ello es que el 45% de esas tierras (unas 414.000 hectáreas) aún no han sido cultivadas, aunque, y aquí viene lo bueno bueno, cuando finalmente se cultiven y se obtengan de ellas el beneficio de los frutos, una vez cumplidas las entregas pactadas con el Estado, el camarada Castro ha proclamado que podrán, los felices campesinos, vender el excedente a sus compatriotas a los precios que dicten las reglas de la oferta y la demanda. Pero (como detalle lo digo…), ¿a quién coño van a poder vender el excedente si el resto no tiene un peso para poder comprar y menos aún posibilidades de, por ejemplo, transformar lo comprado y exportarlo o comerciarlo al margen del Estado omnipresente y omniopresor…?.
Pues con eso, creo que en gran medida, la duda sobre la baja productividad de sus conciudadanos del viejo general hallará su respuesta.
Nadie, nadie puede comprar, ni vender, no porque no quieran, sino porque no pueden.
No pueden apretarse ya más la hebilla del cinturón, porque en este cinturón, ya no quedan agujeros.
Comunismo o muerte, mal presagio.
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